Autora: Belén Díaz Afonso – Psicóloga

 Santa Cruz de Tenerife – Tenerife, 14 de enero de 2019

“Para hacer las cosas bien, habría que empezar por el divorcio. Y luego casarse”.

Élite Abécassis, “Une affaire conjugale” (2010).

La adolescencia es una etapa vertiginosa de cambios, de independencia, de curiosidad. Individualidad, identidad e impulsividad forman parte de una época saludable, pero que precisa límites.

Estamos en un época difícil y de cambios. Cambios que han hecho que se modifiquen los modelos educativos en la familia, en la escuela y en la sociedad. Aplicar límites y propiciar acercamientos respetando decisiones, manejando el conflicto y sin perder el principio de autoridad, pueden convertirse en un autentico quebradero de cabeza.

La primera adolescencia, caracterizada por los cambios fisiológicos, psicológicos y relacionales, es uno de los períodos más peligrosos en la relación entre padres e hijos. Los padres intentan ayudar pero en ocasiones experimentan la inutilidad de su ayuda, sintiendo que sus argumentos no son válidos y que los “demás” son siempre escuchados y mucho más tenidos en cuenta.

El cambio social es indiscutible y la percepción de que todo es posible con el mínimo esfuerzo convierte, entre otras cosas, la relación paterno filial en un autentico campo de batalla donde entran en pelea conceptos como límites, autoridad y rebelión.

Toda esta situación puede empeorar aún más tras un divorcio y/o separación y, sobre todo, cuando se produce una inadecuada gestión de la ruptura que convierte en autentica tormenta la relación conyugal y la parentalidad.

El divorcio es un tema de actualidad. Es frecuente encontrar a alguien que se haya separado o divorciado, o que en su entorno más cercano esté ocurriendo algo similar .Y aunque es un hecho vital estresante, no produce por sí misma psicopatología en los individuos que la viven. Incluso en algunos núcleos familiares puede resultar beneficioso. En todo caso es un hecho doloroso que comprende unas fases de adaptación y, al igual que otras pérdidas de la vida, produce un proceso de duelo que con el paso del tiempo se va afrontando, mientras que los distintos agentes implicados caminan hacia la reorganización vital y afectiva.

Existen ciertas características de los progenitores que ante estas circunstancias facilitarán el establecimiento de un plan de coparentalidad positiva que ayudará a la adaptación de los hijos al divorcio. Pero ¿qué ocurre si nos llenamos de insatisfacción y malestar emocional y este proceso normal queda atrapado por el odio o el deseo de venganza e interrumpe la resolución del dolor?

El pensamiento es más difícil de controlar que el lenguaje. Pensar en la ex pareja asociando estresores como la casa, la manutención, la venganza por una separación no deseada u otras relaciones, puede afectar a la percepción de la realidad y convertir el post divorcio en una perturbación negativa o una auténtica obsesión.

La manipulación del menor 

La separación conyugal produce en algunos casos un gran desequilibrio psicoemocional que, en ocasiones, impide al adulto discernir el alcance de sus conductas, llevando a la manipulación del menor e, incluso, a la utilización de este.

Esta manipulación por parte de uno de los progenitores, consciente o inconscientemente, puede tener distintos niveles de intensidad, desde entorpecer las visitas, utilizar tácticas para excluir al otro progenitor, desvalorizar e insultar a la ex pareja delante de los hijos, hasta llegar a lo más grave: enseñar al hijo a odiar al otro progenitor.

Cuando existe una programación extrema, el progenitor manipulador transmite al hijo detalles, sentimientos y malas experiencias con el progenitor odiado. Las consecuencias psicológicas, tanto para el niño manipulado como para el progenitor excluido, pueden ser descomunales. El menor puede llegar a rehusar estar con uno de sus progenitores.

Otras veces, y sin llegar a sentir odio, esta situación puede provocar en los hijos un deterioro de la imagen que se tiene del progenitor o progenitora, de forma que el menor puede no sentirse orgulloso de su padre o de su madre.

Chantajes emocionales y argucias comunicativas son todo un arte a la hora de utilizar el lenguaje de una forma deliberada, sobre todo cuando hay un vínculo emocional. Pero el error está en creer que se gana cuando realmente lo que ocurre es que esa irresponsabilidad solo aporta toxicidad, e impide que el hijo mantenga una relación provechosa con la madre o el padre.

La infancia y adolescencia son etapas evolutivas cruciales. Los profesionales que trabajamos con este colectivo no podemos olvidar que son personas en desarrollo y por tanto influenciables y vulnerables. Un desarrollo próspero durante estas etapas contribuye a una buena salud mental y puede prevenir la aparición de problemas futuros.

Se pide responsabilidad a los hijos con los estudios, con las rutinas diarias, pero luego algunos progenitores no son responsables al no desligar sus problemas como adultos de las necesidades de sus hijos ante una separación o divorcio.

Demostrar a tu hijo que le quieres, que te importa su bienestar y que por ese motivo le exiges, entre otras cosas, disciplina y voluntad para hacer cosas que quizá no le apetezcan es una tarea compleja. Aunque la adolescencia es una etapa crítica y afortunadamente de tránsito, educar con tacto, con respeto, de manera cercana pero con firmeza, exige un compromiso por ambos progenitores.

Teniendo en cuenta el contexto actual cambiante en el que vivimos y reflexionando sobre la variedad de aspectos que pueden perjudicar la salud mental de este colectivo, cobran relevancia el abuso de las tecnologías, la violencia y abusos sexuales, discriminación, adicciones o el ACOSO ESCOLAR.

Hoy en día, en el que las redes sociales se han vuelto indispensables en la vida de las personas, la unión de un mal uso junto al “debilitamiento” de ciertos valores humanos como la empatía, intimidad, privacidad, mesura o la veracidad, puede convertir una poderosa herramienta en un potencial peligro para nuestros jóvenes. Es importante, por tanto, el establecimiento de una serie de normas de uso donde se haga referencia conjuntamente al cuándo, cuánto, cómo y para qué se usan.

Cooperación parental

Por difícil y conflictiva que pueda ser la adolescencia, ambos progenitores deben participar en esta carrera de obstáculos donde no hay manual de instrucciones, pero sí buenas intenciones y enseñanza conjunta en habilidades para la vida que proporcionen recursos hacia la madurez. Si no hay cooperación entre los roles parentales y, en lugar de formar equipo, el progenitor, inadecuadamente amigo y consentidor, se alía con el hijo, desautorizando al otro progenitor, la disciplina constante, con rigor, cooherente y equilibrada se desvirtúa y puede ser entendida por el menor como anticuada y rígida.

Acercar la realidad, explorarla y una vez ante ella, analizarla, reflexionar para hacer sentir y hacer, es el objetivo de este pequeño artículo que quiere transmitir la idea de la importancia de educar conjuntamente y responsablemente. Afortunadamente, hay muchas relaciones sanas, adolescentes responsables y padres comprometidos tras el divorcio.

Los niños tienen el derecho de relacionarse sanamente con ambos progenitores y sus padres el deber de favorecerlo. Impedir que un niño pueda crecer saludablemente, privándolo de una infancia normalizada, podría ser una forma de maltrato.

El rechazo de un hijo es una de las experiencias más dolorosas que podemos vivir, y aunque puede ser algo pasajero y temporal, ¿qué haces con ese tiempo mientras duele el alma?

Para cualquier duda, consulta o si desea ampliar información puede ponerse en contacto el servicio de Psicología de Centro Neurológico Antonio Alayón (Santa Cruz de Tenerife – Tenerife).

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Centro Neurológico Antonio Alayón, Santa Cruz de Tenerife – Tenerife).

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