[vc_row][vc_column][vc_column_text]Santa Cruz de Tenerife – Tenerife, 26 de febrero

Tras un ictus, son muchas las personas que necesitan recibir tratamiento para la depresión. Desde nuestro Centro Neurológico ubicado en Santa Cruz de Tenerife (Tenerife) hacemos referencia en este artículo debido a nuestra experiencia tanto con pacientes  como con sus familiares, que tras haber sufrido un ictus, la vida de buenas a primeras les cambia por completo y no es nada fácil afrontar la rehabilitación con las secuelas que tienen que afrontar.

En nuestro país se estima que un 13,3 % de los supervivientes a un ictus recibe tratamiento con antidepresivos y que un 24,4 % toma ansiolíticos al año de haberlo sufrido. La razón principal de que esto ocurra tiene que ver más con las repercusiones funcionales del ictus y la afectación de las relaciones sociales que con los síntomas fisiológicos asociados a la enfermedad y su tratamiento.

¿Qué ocurre tras un ACV (Ictus)? Cambios en el cerebro y en el sistema de vida

El ictus provoca que la zona del cerebro afectada se quede sin riego sanguíneo y, por tanto, sin oxígeno. Esto a su vez origina un daño en las neuronas que en ocasiones puede ser irreversible. La persona sufre, por tanto, limitaciones que afectan a su capacidad para el desarrollo normal de las actividades diarias.

La falta de autonomía para algunas tareas no solo conlleva la necesidad de apoyo, sino el cambio en los roles desempeñados de forma habitual. Por ello, estas consecuencias afectan, además, a la identidad: se modifica la imagen y la percepción sobre uno mismo, lo cual, en ocasiones, supone el precio más alto a pagar para la persona.

Estas repercusiones, a su vez, conllevan una transformación en todo el sistema vital, que debe adaptarse a unas nuevas necesidades de cuidado y protección (modificación de los hábitos de sueño y descanso necesarios, alimentación, etc.). A su vez, estos cambios de rutina conllevan nuevos patrones de relación con el entorno. La persona deja de poder participar, por ejemplo, en actos sociales y, por tanto, se deterioran las relaciones con otras personas (amigos, etc.).

Debido a estas nuevas necesidades de apoyo, aparece la figura del cuidador, que suele ser encarnada por la pareja o la madre de la persona.

Dependiendo de lo importantes que sean las limitaciones, así como de la capacidad de adaptación personal (que está influida, en parte, por el entorno social y comunitario de cada caso), el coste psicológico asociado será mayor o menor.

Depresión y otros trastornos psicológicos asociados.

Según un cuestionario neuropsiquiátrico que se aplicó a un grupo de 124 pacientes durante el primer año tras haber sufrido un ictus, el tipo de síntomas que desarrollan estas personas es muy amplio, por lo que podrían coexistir varios trastornos a la vez.

La depresión se sitúa en el primer puesto, ya que se asocia a un 61 % de los afectados por el ictus. Le siguen en menor proporción la irritabilidad, los trastornos alimentarios, la agitación, la apatía (desinterés) y la ansiedad.

Según la perspectiva desde la que se analice el problema, existen diferentes hipótesis acerca del porqué de la depresión.

Las corrientes cognitivas afirman que el peso recae en la capacidad de afrontamiento de la persona. Por tanto, actitudes de negación o pasividad hacia la enfermedad estarían en la base de una mala gestión de los recursos personales para hacerle frente a la enfermedad, ya que aumentan el estrés y propician la aparición de síntomas afectivos.

Desde una perspectiva más ambiental, la depresión se considera una reacción ante las dificultades de adaptación a las que se ve expuesta la persona tras sufrir el ictus.

Los síntomas mejoran a medida que disminuye la dependencia, ya que la recuperación de las habilidades para realizar las tareas habituales (vestirse, comer, etc.) hace que la persona se adapte mejor en todos los ámbitos de su vida diaria.

La importancia de aplicar un tratamiento a tiempo.

Aunque la depresión tras un ictus se puede tratar, las dificultades de identificación y diagnóstico provocan que, en muchos casos, no se lleve a cabo un tratamiento adecuado. La cronificación de la situación depresiva influye de manera negativa tanto en el funcionamiento cognitivo como en todo aquello que tiene que ver con el proceso de recuperación física y funcional de la persona.

Para establecer cuál es el tipo de intervención idónea en cada caso deberá llevarse a cabo una evaluación neuropsicológica , que permitirá ver qué áreas son las más susceptibles de apoyo.

En cuanto al abordaje de los aspectos psicosociales, resulta especialmente importante todo aquello que tiene que ver con la adquisición de habilidades personales y sociales que promuevan nuevas formas de afrontamiento.

Respecto al tratamiento farmacológico no queda claro, según los estudios al respecto, la prevalencia de un tipo de fármaco sobre otro, ni cuál es el mejor momento para su aplicación. Además, el uso de antidepresivos puede tener interacciones con otros fármacos por enfermedades cardiacas asociadas, normalmente presentes en estos pacientes.

Desde Centro Neurológico Antonio Alayón, queremos destacar que los ictus no sólo ocurren en personas mayores o ancianos. De hecho, los casos en personas de 20 a 65 años se ha incrementado en los últimos años, según últimos datos recogidos del Hospital Universitario Insular de Gran Canaria. De los pacientes diagnosticados, un 5% es mayor de 65 y otro 0,5%, menor de 20 años. una patología que es la segunda causa de muerte en España y la primera en mujeres.

Los datos en la Comunidad Autónoma de  Canarias (con sus provincias Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria) registra anualmente 3.500 casos de ictus.

Fuente: personasquees

Para cualquier duda, consulta o si desea ampliar información puede ponerse en contacto con el servicio de Neurología del Centro Neurológico Antonio Alayón (Santa Cruz de Tenerife – Tenerife).

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Centro Neurológico Antonio Alayón, Santa Cruz de Tenerife (Tenerife).

Neurología.

Ictus.

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