Tras el diagnóstico de enfermedad de Alzheimer, comienza para la familia y el enfermo,  una situación desconocida.

Enfermedad ardua, larga y penosa, en la que hay que pelear con el paso del tiempo, asumiendo a su vez, un recorrido que marcha hacia atrás.

Explicar la enfermedad utilizando términos como: progresiva, incurable, e irreversible, pueden generar en la familia una falta de conciencia por la no aceptación de la enfermedad y los síntomas vividos por el enfermo,  lo que puede llevar a entorpecer la intervención terapéutica y la convivencia.

Es en este momento donde Cuidar al Cuidador, se convierte en una estrategia fundamental, ya que quienes cuidan no siempre estarán preparados para responder a tan difícil tarea.

En el Alzheimer el deterioro de memoria cursa lenta pero progresivamente,  los recuerdos se olvidan provocando una desestructuración en la identidad de la persona enferma, pero hay  emociones que  se mantienen. Con frecuencia, los enfermos se olvidan de las circunstancias que causaron una sensación fuerte, aunque pueden retener los sentimientos asociados con el incidente durante algún tiempo.

Cuando la enfermedad avanza y con ella el deterioro cognitivo, frases como: “Lo tengo en la punta de la lengua”, “¿dónde estoy?”, “¿y tú, quién eres?, provocan en la familia y/o cuidador miedo, tristeza, rabia, y frustración,  emociones negativas que causan en el enfermo  sentimientos desagradables y duraderos.

En el momento en que nacemos y hasta el final de nuestras vidas, sentimientos y emociones matizan nuestra supervivencia. Mantener la atención centrada en el bienestar,  gestionar  las emociones y entender que pese a perder la memoria, nuestros padres y madres mantienen vivas las emociones, debe ayudar a sobrellevar tan difícil proceso.